ADIÓS, QUERIDO PAPA FRANCISCO
Hoy me cuesta decirte adiós,
porque hay despedidas que no parecen despedidas,
sino un silencio enorme que queda en el corazón
cuando parte alguien que aprendimos a querer.
Querido Papa Francisco,
te vas de este mundo dejando detrás de ti
una Iglesia que aprendió a mirarse de otra manera,
a acercarse al que sufre,
a escuchar al que no tenía voz,
y a recordar que la misericordia
siempre debe caminar junto a la fe.
Llegaste desde aquella tierra lejana de Argentina,
desde nuestra querida América del Sur,
y un día, casi inesperadamente,
el mundo entero escuchó tu nombre.
Jorge Mario Bergoglio,
el hombre que quiso seguir siendo simplemente Jorge,
el sacerdote que nunca dejó de mirar a los ojos,
el Papa que prefirió los zapatos sencillos,
la palabra humilde
y el abrazo antes que las distancias.
Nos enseñaste que la grandeza
no está en ocupar el lugar más alto,
sino en saber inclinarse
para levantar al que ha caído.
Nos hablaste de los pobres,
de los olvidados, de los ancianos,
de los niños, de los inmigrantes,
de quienes sufren la soledad
y de quienes sienten que nadie los escucha.
Y cuando el mundo parecía endurecerse,
tú insistías en una palabra sencilla:
misericordia.
Cuando muchos levantaban muros,
tú intentabas construir puentes.
Cuando algunos hablaban de enemigos,
tú hablaste de hermanos.
Cuando la humanidad parecía olvidar
que todos tenemos un mismo origen,
tú nos recordaste que nadie debería quedar abandonado
a la orilla del camino.
Tal vez no todos estuvieron de acuerdo contigo.
Tal vez algunas de tus palabras fueron discutidas,
algunas de tus decisiones cuestionadas,
porque también tú fuiste un hombre de este mundo,
con sus dificultades, sus errores y sus límites.
Pero hubo algo que nadie pudo quitarte:
tu deseo de hacer el bien.
Y ahora que tus ojos se han cerrado para nosotros,
quiero imaginar que se han abierto para contemplar
aquella luz que tantas veces anunciaste.
Quiero pensar que ya no existe para ti
el cansancio, ni el dolor, ni la enfermedad,
ni las preocupaciones que acompañaron tus últimos años.
Quiero imaginarte llegando a la casa del Padre,
con aquella sencillez que siempre te acompañó,
y encontrando allí
a tantos seres queridos que te precedieron.
Y quizá, después de toda una vida de servicio,
escuches finalmente aquella voz
que todo creyente espera algún día escuchar:
“Ven, hijo mío.
Tu misión ha terminado.
Ahora descansa en mi paz.”
Qué hermoso sería pensar
que en ese instante no hubo tristeza,
sino una inmensa alegría.
Porque para quienes creemos,
la muerte no es la última palabra.
Es apenas una puerta.
Y detrás de esa puerta,
quizá nos espera el verdadero comienzo,
ese comienzo sin final
que tantas veces imaginamos cuando pensamos en Dios.
Por eso hoy, querido Francisco,
aunque mis ojos puedan llenarse de lágrimas,
mi corazón quiere despedirte con esperanza.
Gracias por tus palabras.
Gracias por tus silencios.
Gracias por tus abrazos.
Gracias por haber recordado al mundo
que la Iglesia debe estar cerca del que sufre.
Gracias por haber hablado de paz
cuando tantos hablaban de guerra.
Gracias por haber defendido la dignidad
de quienes muchas veces fueron tratados como si no existieran.
Gracias por haber sido, ante todo,
un hombre que quiso servir.
Y si alguna vez nuestras palabras
llegaron hasta ti desde este rincón del mundo,
quiero que esta última palabra también viaje contigo:
gracias.
Gracias, querido Papa Francisco.
Gracias por haber llevado el nombre de Francisco,
el nombre de aquel santo de Asís
que abrazó la pobreza,
amó la naturaleza
y descubrió a Dios en las cosas sencillas.
Ahora te toca a ti emprender el último viaje.
No llevas equipaje.
No llevas riquezas.
No llevas títulos.
Llevas solamente
todo el amor que sembraste
en los corazones de quienes te conocieron.
Y eso, querido Francisco,
es quizá la única riqueza
que verdaderamente importa.
Algún día, cuando volvamos a escuchar tu nombre,
ya no será solamente para recordar tu muerte.
Será para recordar tu vida.
Recordaremos al Papa de la sonrisa sencilla,
al Papa de los pobres,
al Papa que pidió que rezáramos por él,
al hombre que tantas veces terminó sus palabras
con aquella humilde petición:
“Recen por mí.”
Hoy somos nosotros quienes queremos rezar por ti.
Que Dios te reciba en sus brazos.
Que la Virgen María,
a quien tanto amaste,
te acompañe en ese encuentro.
Que San Pedro te abra las puertas del Reino.
Y que San Francisco de Asís
salga a recibirte
con los brazos abiertos.
Adiós, querido Papa Francisco.
Adiós, Jorge.
Tu voz se ha apagado para nuestros oídos,
pero tus palabras permanecerán.
Tus pasos ya no caminarán por las calles de Roma,
pero las huellas de tu camino
seguirán entre nosotros.
Y mientras exista alguien
que recuerde una palabra tuya,
un gesto tuyo,
un abrazo tuyo,
una lágrima tuya
o una sonrisa tuya,
una parte de ti continuará viviendo.
Por eso no quiero terminar diciendo simplemente:
“Adiós.”
Prefiero decirte:
“Hasta luego.”
Porque quienes creemos en Dios
sabemos que ninguna despedida es definitiva.
Algún día, cuando también nosotros
crucemos esa misteriosa puerta,
quizá podamos encontrarnos nuevamente.
Y entonces, querido Francisco,
ya no habrá lágrimas,
ni dolor,
ni despedidas.
Solamente un abrazo.
Un abrazo eterno.
Y frente a la inmensidad del cielo,
quizá podamos comprender finalmente
que todo aquello que llamamos muerte
era solamente el comienzo
de una vida que nunca termina.
Descansa en paz, querido Papa Francisco.
Que Dios te bendiga.
Que la luz eterna ilumine tu camino.
Y que desde el cielo sigas rezando por nosotros,
como tantas veces nosotros rezamos por ti.
Hasta siempre, Francisco.
Hasta encontrarnos nuevamente
en la casa del Padre.
IA + GIUSEPPPE
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